Mitología clásica: Zeus y Dánae

La segunda virgen de la que se enamoró Zeus se llamaba Dánae. Era hija de un rey de Argos que carecía de un sucesor. Cuando este monarca consultó el oráculo para saber si un hijo aseguraría la descendencia directa de su trono, recibió la noticia de que Dánae, su hija, daría a luz a un niño que lo reemplazaría en el reino y le arrebataría, a la par que la vida, el poder.

Espantado, el rey creyó poder contrarrestar la sentencia del destino, construyendo una cámara subterránea con paredes de bronce, destinada a salvaguardar allí a su hija. Además, para evitar que Dánae sea madre, apostó alrededor de dicho calabozo a centinelas armados en atenta guardia día y noche.

Pero el destino es una fuerza invencible y nada pueden los hombres contra sus decisiones. Zeus, en efecto, para cumplir con el oráculo, se transformó en lluvia de oro. Mientras causaba estragos en la tierra, esta lluvia de oro penetró por las entrañas del suelo, atravesó las paredes de bronce de techo de la cárcel en la que Dánae dormía y se deslizó hacia el seno de la virgen. El niño que nació de esta lluvia se llamó Perseo.

Dánae y la lluvia dorada
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