the end

Buenos tiempos

Tu mano en mi mano

tus brazos envolviéndome

tu boca tan mía

tu corazón en mis manos

Hoy el cielo está estrellado

mas su luz tenue no me alcanza

quizá esto es el fin

sendero oscuro he de transitar

entre las sombras no está la tuya

entre esos rostros no te encuentro

Miro mis manos

están vacías

tus brazos abrazan otro cuerpo

mi boca sedienta

tu corazón en tu pecho

mi corazón en tus manos

La imagen destacada es de HENN KIM (@henn_kim)

No quiero seguir así

Cuatro palabras y mi pena abriéndose paso

Ha sido terrible para mí el fracaso

Nunca es justa la retribución que sin actos

Decide darme a entender que hasta acá me hacen caso

No deseo a nadie habitar entre mi piel

Que recubre este cuerpo y este alma que a nadie importa

Si caminar sola es mi destino, qué derrota!

Ni siquiera sé si me va a acompañar mi sombra

Cuatro palabras, ni más ni menos

Muchos actos desafortunados

Si nadie valora lo propiamente humano

Y consideran que soy la equivocada

No hace falta decir más nada

Que solo esas cuatro palabras

El tiempo que perdí por haber amado. Parte III. By Bibliofagia

Capítulo III

Se preguntarán qué hago acá. Casualmente me sucede lo mismo. Aun no creo ser el protagonista de este mal sueño. Sin embargo, cuando los guardiacárceles golpean los barrotes de la celda y abro los ojos, compruebo que ésta es mi triste y asfixiante realidad. 

Si tan solo hubiese contenido el impulso, si aunque sea hubiese utilizado la razón, dejando de lado el corazón, ¡qué tan distinto sería mi presente! Y ni hablar de mi futuro…

Con respecto a éste, por los pasillos se tomaron con mucho pesar mi pronta ejecución. Si bien no tengo amigos aquí, el vernos todos los días y saber que estamos respirando a pocos centímetros unos de otros, nos une. El hábito de sabernos presentes y el miedo a saber que cualquiera puede ser el próximo, también suma.

Sin embargo, y a diferencia de ellos, deseo que llegue el día en que abandone al fin este sitio, aunque deba ser dejando mi cuerpo bajo tierra. Mi alma ya lo está hace rato y me duele el corazón por lo irremediable de la situación. Ni siquiera puedo jactarme de ser inocente o de ser mal juzgado por la justicia estadounidense por ser latino, ni siquiera librándome de la inyección letal podría volver a ser feliz, porque nunca podré perdonarme por lo que hice. Y es que asesino no se nace. Asesino se hace y a mí me hicieron… algunas circunstancias, que entiendo están ansiosos por conocerlas, pero me son tan difíciles de pronunciar.

Es tan triste para mí retornar a ese momento que me condujo hasta aquí: a la muerte en vida, una amarga agonía, mi vida enjaulada, el infierno con creces, la soledad acompañada. Y es que cuando me asomo por los barrotes veo tanta gente y al mismo tiempo el desierto.

Solo me tengo a mí y ni siquiera quiero tenerme. Me llevo a cuestas deseando sacarme de encima y sin poder lograrlo. Ya les conté que aquí no quieren perderse el privilegio de ser ellos los que nos manden al tártaro. Y la verdad es que no hay peor castigo que tu vida en puntos suspensivos, que nunca se convierten (ni se convertirán) en un punto y seguido, en una coma… y alcanzar el punto final, ese glorioso momento que me está tan próximo, parece nunca llegar.

Estoy aquí hace 15 años o 180 meses o 729 semanas o 5.475 días o 131.400 horas o 7.844.000 minutos, si es que las Matemáticas no me fallan. Díganme, sinceramente, si no es una tortura psicológica el tenerme guardado para nada. ¿Se creen que así voy a escarmentar? ¿Le devolverán la vida a Katia? ¿Piensan que no sufrí y que no sufro? ¿Me devolverán la vida a mí o acaso me la quitarán de una buena vez? Les daría un paseo por mi mente para que saquen sus propias conclusiones.

No quiero justificarme, pero al menos lo que yo hice fue un impulso. Ah, pero ustedes tienen el crimen premeditado y disfrutan viendo como muchos se fríen en la silla eléctrica o cómo los miran horrorizados y asustados mientras, formando un público semejante al que acude a ver una obra de teatro, esbozan una sonrisa cínica y llena de gozo, minutos antes de que el “protagonista” sea inyectado con el pase a la muerte.

Qué decirles al respecto… Todos podemos equivocarnos y juro que estoy pagando mi error. Ahora, ¿por qué insisten en despreciarme, por qué gastan minutos valiosos de su tiempo en insultarme y en desearme el mal, cuando eso es  todo lo único que tengo? Créanme, ya estoy en el hoyo más profundo jamás visto, esperando que la tierra por fin me tape.

Mitología clásica: Hera e Ixión

Ixión tenía arreglada su boda. Había, en estas circunstancias, prometido al padre de su esposa magníficos presentes. Aunque no cumplió con su palabra. Por ello, su suegro le reprochó su perjurio. Con el pretexto de enmendar su accionar, Ixión lo invitó a un banquete. Una vez reunido con el progenitor de su mujer, ordenó que arrojasen al invitado a un caldero hirviente, lo cual, como era de esperar, provocó la muerte del pobre hombre.

Este hecho causó el rechazo de Ixión por parte de hombres y dioses. Sin embargo, Zeus, misericordioso, le concedió su perdón y lo admitió en su mesa, en compañía del resto de los dioses del Olimpo.

Pero, olvidando el favor del soberano supremo, Ixión tuvo la indolencia y la valentía de declararle su amor a la reina del Olimpo. Hera, ofendida, fue a contarle a su marido.

Zeus, para ponerlo a prueba, dió a una nube la forma de su bella y leal esposa Hera. Al verla, Ixión no dudó en estrecharla en sus brazos, creyendo que se trataba de la diosa dueña de sus más profundos deseos.

El dios de dioses, testigo de la ingratitud, envió al traidor al infierno y allí lo hizo atar a una rueda inflamada. Sus brazos y piernas están sujetas a ella con nudos imposibles de desatar y las torturas que sufre minuto a minuto en ésta, que no cesa de girar, son testimonio y prueba de la venganza divina

Las horas que perdí por haber amado. Parte II. By Bibliofagia

Capítulo II
Mi adicción al trabajo continúa aquí dentro, salvo que no recibo una paga, no gozo de obra social ni de vacaciones. Formo parte del equipo de cocina. Mi contribución consiste en lavar los platos, ollas, cubiertos y vasos, que se utilizan cada día en los almuerzos y en las cenas, lo cual es algo tremendamente rutinario y, por lo tanto, agotador; pero al menos me brinda la posibilidad de despertar todos los días, sabiendo que a lo largo de algunas horas, tendré la cabeza ocupada en la vajilla.
Sin embargo, esto no fue siempre así. Mis primeros años en este infierno solo me limitaba a respirar y, algunas noches, cuando la conciencia lo permitía, a dormir. No crean que es fácil cargar con los fantasmas de mi pasado, que incluso, luego de tanto tiempo, cada tanto vuelven a atormentarme. Cuando eso sucede, preferiría estar muerto, pero claro, no tengo manera de extinguirme.
Los oficiales revisan los cuartos asiduamente y, por supuesto, sin previo aviso, para corroborar que no tengamos ningún tipo de arma que permita hacernos daño (ni hacerles daño a ellos que es lo que más les importa). Incluso, en mi “lugar de trabajo”, repleto de utensilios capaces de ayudarme a poner fin a esta agonía, estoy bajo vigilancia extrema, no vaya a ser que se pierdan el gozo de poder inyectarme la letal.
Mis horas trascurren en una celda, infectada de cucarachas y ratas, de 9 por 6 pies, en la que solo dispongo de una “cama” –si es que así puede llamarse a una madera recubierta con un centímetro de goma espuma- y un inodoro. Cuando estaba afuera soñaba con tener un baño en suite, pero claramente no hablaba de esto. Antes solía compartirla con Joe, pero él atravesó el corredor de la muerte hace un tiempo atrás. Estuvo preso alrededor de 30 años por cometer un robo a mano armada. Al igual que él yo también robé, pero una vida.
Desde que mi compañero abandonó el mundo terrenal, hace ya un par de años, parece ser que prefirieron dejarme solo, como si estuvieran haciéndome un favor, como si eso ayudara…
La vida aquí no es sencilla. La mayoría de los ciudadanos estadounidenses aceptan gratamente la pena de muerte por los enormes gastos que conlleva la mantención de nosotros los presos, algo así como 300 mil dólares al año. Piensan que nos hacen un favor manteniéndonos encerrados en las condiciones en que vivimos. Calculo que se imaginan que esto es un hotel cinco estrellas, en el que vivimos de arriba y en donde la pasamos bomba. Nada más alejado. La realidad es que no me enorgullece saber que los impuestos de los estadounidenses ayudan a que yo pueda comer, sino que me hace sentir un completo inútil. Una de las cosas que dignifica y convierte a un hombre en honrado es su trabajo. La honra la perdí hace 15 años y la sigo perdiendo todos los días cuando los oficiales me revisan el culo para comprobar que no tengo nada allí guardado.
En este sitio en el que la violencia se respira y la monotonía es moneda corriente, nadie es corregido. Aquí solo se sigue viendo la miseria humana, la injusticia, el dolor… Hombres castigando a otros hombres, jugando a ser dioses, como si la conciencia y el corazón no pasaran factura. No solo perdí (maté) a la mujer que amaba y que sigo amando: mi vida se fue con ella, y aquel Julio Siutti, que nada tenía en común con un asesino, se esfumó por completo, convirtiéndose en un recuerdo…Qué bronca y tristeza me dio dejar de ser yo y convertirme en este animal que defeca junto a su cama y que todos los días solo encuentra gozo en el hecho de saber que, al transcurrir las horas, más cerca está la muerte.

Las horas que perdí por haber amado by Bibliofagia

ADENTRO
Capítulo I
Todos los días de mi vida son iguales, más que grises, diría que son plateados. Nada cambia acá. Mañana será igual que hoy. Hoy es igual que ayer. Incluso nuestra ropa y nuestros cortes de cabello son los mismos. Según la ley es lo que merezco. Estoy en un constante deja vu, del que solo me ayudará a escapar la muerte, la cual, según me confirmaron los guardias, vendrá a buscarme dentro de 7 días.
Vivo, si es que así puede llamarse, en la prisión de Huntsville, Texas, en la que cumplo mi condena hace ya más de quince años; quince años que parecen siglos, que se asemejan a la eternidad…
Jamás imaginé terminar donde estoy, nunca pensé que mi vida tendría una fecha de caducidad, determinada por la justicia. Es increíble que la firma de un juez ponga fin a mis días, pero acá, como en varios estados de Estados Unidos, colocar la inyección letal a un ser humano es completamente legal. Si me hubiesen conocido antes, tampoco hubiesen imaginado que mi existencia se reduciría a esta habitación y a excepcionales salidas al patio dos días a la semana.
Mi nombre es Julio Siutti y tengo 44 años. Poco rastro queda de lo que fui. Hoy no soy más que un saco de huesos que aparenta el doble de su edad. A veces recuerdo al galán que supe ser, muy ocupado en mi apariencia, aunque no me costaba para nada mantenerla en regla. Eso sí, siempre atendía a la moda y nunca salía de casa sin mi colonia de Antonio Banderas, que sumada a mi simpatía, me permitía conquistar varias mujeres. Siempre fui delgado y me jactaba de comer a montones sin aumentar un gramo. Hoy daría lo que fuera por tener enfrente alguno de esos suculentos platillos que posaban ante mí todos los días, pero, por desgracia, en esta cárcel en la que nos alimentan con comida de cuarta, solo podré tener ese beneficio 24 hs antes de mi muerte.
Aún no sé qué menú elegiré. Quizás no tenga apetito, sabiendo que horas más tarde seré un espíritu que deberá enfrentar otro juicio, esta vez en el Purgatorio, para saber cuál será su destino eterno. Es raro que a estas alturas dé por sentado la existencia de un Dios que juzga. Nunca antes había pensado en la muerte como el tránsito a otra vida, pero viendo y considerando que entre los hombres nos juzgamos, qué tiene de loco creer que el Creador nos siente en su banquillo y nos pida explicaciones. Lo más lamentable es que no las tengo. No puedo defenderme, pues lo que hice es absolutamente tremendo y ni yo me lo perdono, como tampoco así me lo perdona mi familia, quienes no han venido a visitarme ni han enviado una mísera carta desde aquel fatídico 11 de febrero. De lo que sí estoy seguro es de que me arrepiento. Sin embargo ya es tarde, lo hecho, hecho está, y les aseguro que si pudiera volver el tiempo atrás, sabiendo cuáles eran las consecuencias, lo pensaría mil veces y, pues claro, no lo haría.
No le aconsejaría a nadie venir aquí. Si bien ya hace tiempo que estoy privado de mi libertad, aún no me acostumbro. Todos los días lucho por conservar mis recuerdos del afuera (los buenos) para iluminar mis días, para conservar vestigios de humanidad, que pese a lo que hice poseo, que se pierden día tras día. Acá nos tienen como animales enjaulados, y como dice la frase, el entorno nos condiciona, y por eso, a veces me encuentro actuando como una fiera, haciendo a un lado al humano que soy, porque uno no puede comportarse como una oveja entre los lobos.
La verdad es que, si bien mis abogados han intentado librarme de mi viaje a la cámara de ejecución, de haber zafado, no me llevaría nada bueno de esta experiencia. Les llaman centros correccionales, pero creo que lo único que logran es infundirnos más odio, enojo e ira. Claro que con el tiempo uno se cansa y ya no tiene ni energías para armar una escena.
Añoro profundamente mi vida, la que tenía hace 15 años cuando vine a parar acá. Considero que no la disfruté lo suficiente. Me limitaba a trabajar, ahorrando y ahorrando, para terminar en este mundo en donde el dinero no existe. Eso sí, cada tanto me reunía con mis amigos, era el pequeño mimo que me daba entre tantas horas de trabajo. Pero, oh, de haber sabido, hubiese hecho tantas cosas; como viajar, practicar algún deporte, o dedicarme a la carpintería; cualquier actividad, menos enamorarme. El amor puede ser tan mágico pero tan catastrófico. Uno llega a hacer cosas increíbles por la persona amada, incluso, como hice yo… matarla.

Matar a un ruiseñor de Harper Lee

“Matar a un ruiseñor” nos cuenta la historia de la familia Finch,  aproximadamente en los años 30, en Estados Unidos. La misma está constituida por Atticus Finch, abogado y padre de familia y sus dos hijos: el mayor, llamado Jeremy y, la menor, Jean Louise, a quien la conocemos por el apodo de Scout.

El relato se nos da a conocer por medio de ésta última y se divide en dos partes. La primera de ellas, nos va introduciendo en lo que va a ser el conflicto central del relato: la defensa por parte de Atticus Finch de un hombre negro, acusado de violar a una mujer blanca, llamada Mayella Ewell.

 De esta manera, Jean Louise nos va a narrar, entre medio de sus recuerdos de la infancia, el modo en que ella junto con su hermano, a partir de este caso, de manera inocente y sin comprender muy bien todo lo que pasa, deben enfrentarse a los comentarios negativos acerca de su padre y de su familia a quienes los tratan como “aficionados a los negros”.

Es para ellos algo bastante incomprensible, ya que no son conscientes de las diferencias entre las personas por su color de piel; es más, su ama de llaves, Calpurnia, es morena y nunca ha sido tratada diferente en la mansión Finch por ello; al contrario, tiene gran autoridad y es muy respetada allí.

Frente a esta situación, Atticus Finch irá inculcando y enseñando a sus hijos con el ejemplo, haciendo caso omiso a los decires del pueblo y actuando con altura frente a los ataques.

Este conflicto central explotará el siguiente verano, época que condice con la segunda parte de la novela. Esto se debe a que comenzará el juicio y la defensa del hombre negro acusado de violación, llamado Tom Robinson. Por ello, hasta entonces, Atticus se ha dedicado a “preparar” a sus hijos para lo que viene.

El padre de familia tiene un gran sentido del deber y de la ayuda social. Él, pese a ser una persona adulta, lo que implica que creció en la misma atmósfera de desigualdad racial que sus congéneres, considera a los negros como iguales y sostiene, frente a la inquietud de sus propios hijos, que defender a una persona negra, lo cual implica que sea juzgado y ofendido por sus vecinos, le  permite tener una conciencia tranquila y estar satisfecho con sus actos.

Así, el libro constituye una verdadera joya, abordando desde las memorias de una niña temas muy fuertes como los prejuicios raciales, la injusticia, la desconfianza hacia lo diferente, la mentira…

Es el reflejo de una época a través de la mirada de Jean Louise, que apenas tiene 6 años, y en la que, por suerte, podemos ver un cambio de mentalidad y una nueva sensibilidad, no solo en torno a los prejuicios, sino también a los estereotipos femeninos y masculinos.

Sin dudas, un libro que hay que leer y que no tiene el título de clásico en vano. Muy bien escrito y muy coherente en su totalidad, no deja cabos sueltos y conmueve hasta el hueso. Nos es más que una recreación del mundo por medio de las letras, un mundo no siempre justo y agradable de habitar… Un mundo repleto de sinsabores…

Frases destacadas:

“La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”.

“Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”.

“Uno debe mentir en ciertas circunstancias, en particular cuando no puede modificar las circunstancias”.

“Lo habían hecho en ocasiones anteriores, lo han hecho esta noche y lo harán de nuevo, y cuando lo hacen… parece que sólo lloran los niños”.

“Si un hombre como Atticus Finch quiere dar cabezazos contra una pared, suya es la cabeza”.

“Los payasos son hombres tristes; es la gente la que se ríe de ellos”.

“Tener un arma equivale a invitar al otro a que te dispare”.

Hera o Juno

Hija primogénita de Cronos y hermana de Zeus, Hera fue la esposa del rey del Olimpo.

Hera, siendo una dulce virgen, se encontró completamente sola, un crudo día de invierno, en un paraje desierto. Un cuclillo, igual que ella, tiritando de frío, se posó sobre su espalda y, movida por la compasión, Hera recogió al pájaro para darle calor. Éste era Zeus, su (hermano y) radiante prometido, quien habiendo recuperado su forma, le dijo a Hera: “Quiero que seas mi legítima esposa y que reines a mi derecha en el Olimpo”. Ella dijo que sí.

Todos los dioses descendieron para asistir a la boda, realizada en la cumbre del Citerón. Una vez finalizada, continuaron los festejos en la morada de los dioses, el Olimpo. Allí, Hera vino a ser la reina, compartiendo la autoridad divina con su real esposo.

Diosa del cielo, participa, aunque en menor grado, de todas las prerrogativas y honores del monarca supremo, Zeus. De todas las diosas que habitaban el Olimpo era la más bella, más augusta y más respetada.

Su cólera, como la de su marido, era terrible.

Los poetas nos presentan la unión bde Zeus con Hera o como pura alegría o como un absoluto desacuerdo conyugal. Cada uno de estos modos influia en el cielo: su color azul y luminoso, indicaba concordia y ternura; en cambio, las tormentas, una discordia aguda entre ambos.

Casi siempre eran los celos de Hera los que motivaban las disputas, ya que muchas veces Zeus dejaba el Olimpo para visitar en la tierra a diferentes ninfas.

Más de una vez Hera, presa de un gran furor, se fugó del Olimpo.

Un día descendió, jurando no volver jamás a aquella morada divina. Zeus, entristecido, para reconciliarse con su esposa, idea un plan. Decide avivar los celos de ésta, por lo que desciende a la tierra y simula casarse con una ninfa, utilizando para ello un maniquí. Hera, furiosa, se precipitó contra su rival imaginaria, hallando con sorpresa el engaño. Desarmada, sonrió y ascendió con su esposo al Olimpo.

En otra ocasión, le tocó a Hera entristecerse, cuando Zeus descendió de su morada, permaneciendo largos días con las Ninfas. Pensando cómo recuperar a su marido determinó descender también y exhibirse como la más hermosa de las reinas, lo que provocó que Zeus decida regresar con ella a su trono.

Hera fue el modelo sagrado de la mujer perfecta, la patrona de la santidad conyugal y la imagen de la esposa fiel. Aunque fue, después de Afrodita, la más bella de las diosas, nunca cedió a ninguno de sus admiradores. No conoció otro amor que el de Zeus.

Zeus y Antíope

En una ocasión Zeus quiso acercarse a la hija de Nicteo, que dormía en el bosque. El rey soberano del Olimpo, transformado en sátiro con pies de macho cabrío, se aproximó a Antíope y durmió con ella.

A partir de entonces, la muchacha comenzó a sentir que dos niños se estremecían en su seno. Su padre, Nicteo, desconocedor del amante de su hija, reprochó su conducta. Por este motivo, la amada por Zeus abandonó el palacio paterno y se dirigió a Sieyón.

Tiempo después, Epopeo, rey de aquella ciudad y enamorado de Antíope, se casó con ella. Al conocer esta noticia, Nicteo se suicidó, no sin antes hacer jurar a su hermano Lico que tomaría venganza de los flamantes esposos.

Cumpliendo con su palabra Lico mató a Epopeo y tomó a Antíope como prisionera. En el camino a la tierra que la vió nacer, la joven dió a luz a dos hermanos gemelos, que tuvo que abandonar, por las circunstancias en las que se hallaba.

Los pastores recogieron, cuidaron y educaron a ambos, quienes más tarde serían los fundadores de Tebas.

Nuevamente conducida a Sieyón, maniatada, vigilada y a veces torturada por la reina Dirce, esposa de Epopeo, Antíope arrastraba una vida miserable.

Sin embargo, un día las cadenas que envolvían sus muñecas por sí solas cayeron al suelo. Milagrosamente liberada pudo llegar a Citerón y hallar a sus hijos. Éstos, al reconocerla, se apoderaron de la cruel Dirce, la ataron a los cuernos de un toro salvaje y en seguido arrojaron su cuerpo a una fuente: “la fuente de Dirce”.

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